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Cómo se le pone una probabilidad a un caso UAP

La conversación pública sobre fenómenos anómalos casi siempre colapsa en dos casillas: o «son extraterrestres» o «no hay nada». Esa binariedad es cómoda para discutir y pésima para analizar, porque obliga a tratar igual a un planeta confundido con una nave y a un incidente con triple registro de sensores. UAP Codex usa una herramienta distinta, prestada del análisis de inteligencia: en lugar de un veredicto, a cada caso se le asigna una distribución de probabilidad. No «qué fue», sino «cómo se reparte la creencia razonable sobre qué fue».

La regla es que cada caso de incidente reparte exactamente el 100% de su probabilidad entre seis narrativas que son, a la vez, mutuamente excluyentes y exhaustivas —lo que en análisis se llama una partición MECE—. Las seis: mundano/natural (identificación errónea, fenómenos atmosféricos), humana clasificada (un programa propio o aliado no reconocido), adversaria (tecnología de otro Estado), no-humano encubierto (algo no-humano que un Estado conoce u oculta), no-humano abierto (algo no-humano que nadie controla, al estilo de las hipótesis de Vallée) e indeterminado. Que sumen 100% y no se solapen es lo que vuelve honesto el ejercicio: no puedes inflar una hipótesis sin restarle a otra.

El paso clave es la agregación. Si cada caso es una distribución, ¿cómo se habla del corpus entero? Sumando: el número esperado de casos que caen en cada narrativa es la suma, sobre todos los casos, de la probabilidad que cada uno le asigna a esa narrativa. Como es una esperanza matemática —una operación lineal— el resultado es válido y comparable entre narrativas aunque los casos estén correlacionados entre sí. El total se reparte en 200 piezas y cada narrativa se lleva su fracción. Eso permite responder preguntas que el debate binario no puede: ¿pesa más lo mundano o lo indeterminado? ¿qué tan grande es realmente la franja no-humana cuando se mira todo junto, y no solo el caso más famoso?

La forma de los datos, a junio de 2026 sobre el corpus completo, desinfla por igual a entusiastas y a escépticos duros. El peso agregado se inclina con claridad hacia lo prosaico: cerca de la mitad del total cae en explicaciones mundanas o naturales. Alrededor de un cuarto queda, con honestidad, como indeterminado —ni resuelto ni forzado a una conclusión—. Y la fracción no-humana, lejos de dominar el debate como sugiere la cultura popular, ronda apenas una sexta parte del total. El desglose vivo y exacto, que cambia a medida que el corpus crece y se reclasifica, se publica de forma transparente en la página de probabilidades del sitio.

Conviene subrayar qué no es esto. No son frecuencias calibradas ni mediciones: son juicios analíticos estructurados, en la tradición del estándar ICD-203 de la comunidad de inteligencia, que separa la probabilidad de un evento de la confianza en la evidencia que la sustenta. Comparabilidad no es verdad: que dos casos sean comparables en la misma escala no garantiza que la escala acierte. Los casos-documento (memos, informes, leyes) se excluyen del reparto, porque la pregunta «qué era el objeto» no se aplica a un papel. Y cada número es revisable: si aparece una fuente primaria nueva, el reparto de ese caso cambia, y con él el agregado.

El valor de tratar el fenómeno así no es llegar a una respuesta final, sino imponerse una disciplina. Obliga a explicitar la incertidumbre en vez de esconderla detrás de un titular, a no robarle peso a una hipótesis para regalárselo a otra, y a que cualquiera pueda auditar el razonamiento caso por caso. En un campo donde casi todo el mundo ya decidió de antemano lo que va a creer, poner una probabilidad —y dejar que los 200 casos hablen en conjunto— es una forma modesta pero exigente de honestidad.