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El modelo latinoamericano: cuando la aviación civil estudia los UAP

La historia institucional del fenómeno UAP que más se cuenta es la estadounidense, y es una historia de secreto: Project Sign y su 'Estimate of the Situation' archivado, el Robertson Panel recomendando desacreditar, Blue Book cerrando el tema en 1969, y medio siglo de silencio roto recién en 2017. Es un arco de ocultamiento y filtración. Pero no es el único modelo posible, y el corpus deja ver otro con nitidez: el latinoamericano, donde el Estado no escondió el problema sino que lo delegó en sus organismos de aviación.

La diferencia es de encuadre. En Estados Unidos el fenómeno fue tratado como un asunto de inteligencia y defensa —algo a clasificar—. En Sudamérica, una y otra vez, se trató como un asunto de seguridad aérea: si los pilotos y los radares reportan objetos no identificados en el espacio aéreo nacional, eso es, antes que nada, un problema operativo de la aviación. Esa lectura, menos cargada ideológicamente, abrió la puerta a comisiones oficiales que investigan a cara descubierta.

Chile es el caso más claro. En 1997 la Dirección General de Aeronáutica Civil, junto a la Fuerza Aérea, creó la CEFAA (Comité de Estudios de Fenómenos Aéreos Anómalos), un organismo que recibe reportes, los analiza con meteorólogos, controladores y oficiales, y publica conclusiones —incluida la de 'no identificado' cuando corresponde—. Es una institución de aviación civil haciendo metodología sobre el fenómeno, no una oficina de inteligencia gestionando su silencio.

Uruguay llegó antes. En 1979, tras una serie de reportes que incluyeron el de la tripulación de un vuelo de PLUNA escoltado por una luz, la Fuerza Aérea Uruguaya creó la CRIDOVNI (Comisión Receptora e Investigadora de Denuncias de Objetos Voladores no Identificados), que sigue activa décadas después bajo mando militar. Argentina formalizó su propio órgano, el CIAE, dentro de la Fuerza Aérea; y Perú, tras años de avistamientos sobre instalaciones militares, institucionalizó la investigación en la OIFAA de la FAP. Cuatro Estados vecinos, cuatro comisiones aeronáuticas oficiales.

Brasil es una variante del mismo patrón con un giro documental. La Fuerza Aérea Brasileña investigó casos célebres —la Operação Prato en Colares (1977), la 'Noche Oficial de los OVNIs' de 1986 cuando cazas persiguieron objetos sobre el sudeste—, y la presión civil de campañas como 'UFOs: Liberdade de Informação Já' llevó a la apertura de miles de páginas de archivos militares al Archivo Nacional. No es transparencia perfecta, pero es un flujo de desclasificación por vía administrativa ordinaria, no por filtración.

Lo interesante para un corpus que intenta calibrar evidencia es que este modelo produce un tipo de dato distinto. Un avistamiento procesado por la CEFAA o la CRIDOVNI llega con cadena de custodia institucional: hora, radar si lo hubo, testimonio de personal de aviación, y un dictamen. No garantiza que el objeto sea anómalo —muchos se resuelven como globos, reentradas o tráfico—, pero garantiza que el reporte fue tratado con método y no enterrado. Cuando uno de esos casos sobrevive el filtro y queda 'no identificado', el verdicto pesa más precisamente porque vino de quienes tenían el incentivo y la competencia para explicarlo.

También conviene no idealizar. Estas comisiones son pequeñas, dependen de presupuestos y voluntades cambiantes, y su apertura convive con episodios de reserva. El piloto peruano Óscar Santa María Huertas disparó 64 proyectiles contra un objeto sobre la base de La Joya en 1980 sin que existiera entonces una OIFAA que sistematizara el caso; la institucionalización llegó después. El modelo latinoamericano no es una utopía de transparencia: es una tradición administrativa, irregular pero real, de tratar el fenómeno como lo que operativamente es —tráfico no identificado en espacio soberano— en lugar de como un secreto a custodiar.

Visto en conjunto, el contraste es la lección. La desclasificación estadounidense de 2025-2026 —PURSUE, el portal war.gov/ufo, la presión legislativa— es presentada como un giro histórico hacia la transparencia. Y lo es, para Estados Unidos. Pero varios países sudamericanos llevaban cuarenta años haciendo, a su escala y a su manera, algo que el modelo del secreto recién está descubriendo: que un fenómeno reportado en el espacio aéreo se estudia mejor a la luz que en la oscuridad.